Sergio Larraín: el fotógrafo que abandonó su obra

Detrás de la obra del chileno Sergio Larraín (1931-2012), hay un profundo misticismo producto de la manera como renunció a la fotografía para "autoexiliarse" en Tulahuén (Ovalle) en los años 70.

Gracias a Henri Cartier-Bresson, entró a trabajar en la prestigiosa agencia Magnum (1959), donde sus obras obtendrían mucha reputación y fama mundial, pero unos años después, quemaría gran parte de sus negativos, desertaría de sus reconocimientos y laureles, y se dedicaría a una vida retirada, dedicada al yoga, a la cultura oriental, a la pintura y a escribir. 

Sergio Larraín se transformaría en un personaje extraño para la civilización occidental. Viviría en una cabaña sin luz eléctrica. No aceptaría entrevistas y gran parte de su vida de ahí en adelante, la pasaría solo, meditando, contemplando la naturaleza y el mundo rural. 

Su labor como fotógrafo de Magnum no le satisfacía. En la agencia logró hacer gran parte del trabajo que lo haría famoso, pero nada de eso le importaba mayormente. Allí fue osado y temerario. Se acercó a la mafia italiana para fotografiar a uno de los más temidos capos de Sicilia, pero nada de eso era relevante. No había suficiente tiempo para detenerse en cada obra. Todo era muy ágil y necesitaba acercarse a sí mismo. Anhelaba contemplar el mundo con más detención, y fue así, como un día terminó dejando todo atrás y se mudó a Tulahuén.

“Hacer una buena fotografía es difícil —le diría por carta a Cartier-Bresson—. Intenté adaptarme al grupo de ustedes [Magnum]… pero me gustaría volver a hacer algo más serio… me gustaría encontrar una vía que me permitiese actuar a un nivel que para mí sea más vital». 

Empezaría, desde ese momento, el mito. El artista que abandona el arte. Y no solo lo abandona, quema su obra. Afortunadamente no pudo deshacerse de todo. La exdirectora de Magnum, Agnés Sire y otros fotógrafos de la agencia, irían tras sus fotografías y lograrían recuperar muchas imágenes.  Buscarían, dentro del material que no alcanzó a ser quemado, los rastros de su trabajo hipnótico, y con ello, todo el planeta podría contemplar, una obra extraordinaria, que sería reconocida por los críticos y todo el mundo de las artes. 

«Una buena fotografía —diría Larraín— nace de un estado de gracia. Y la gracia nace cuando has logrado liberarte de las convenciones, las obligaciones, la comodidad, la rivalidad, y eres libre como un niño que descubre la realidad». 

Tal vez ese descubrimiento y ese viaje a Tulahuén, sea la clave. Aunque, de seguro, la fotografía ayudó también a encontrar esa realidad que tanto buscaba.

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